jueves, 30 de abril de 2009


Monterrey, Mx. El equipo de Investigación, Ciencia y Tecnología Hacer Diciendo, preocupado por el acrecentamiento de pánico e incertidumbre desatado por la nueva amenaza de la naturaleza contra los seres superiores (los hombres, por supuesto, no vaya usted a creer que los cerditos), se vio en la necesidad de ponerse a trabajar (es obligación más que necesidad) arduamente y encontrar una solución viable (rentable, claro está) para el problema del virus de la "influencia".

Nos sentimos enormemente congratulados al anunciarles nuestras conclusiones a las que hemos llegado, entre ellas, anunciamos la cura definitiva contra este virus, además de la vacuna.

Así pues, hemos concluido que el virus de la “influencia” es curable y aún posible de ser prevenido, siguiendo las siguientes recomendaciones: en primer lugar NO se requiere “tapabocas” (con el peso simbólico que esto contenía, pues no sólo no dejaba entrar sino tampoco salir nada de la boca), en cambio es posible prevenirse (¡es la vacuna!) e incluso curarse con tan sólo dejar de seguir día y noche los noticiarios. En caso de haber contraído en cierta medida algo grave este virus y no poder apagar la televisión (síntoma de enfermedad avanzada), se recomienda dejar el “tapabocas” y hacer uso de un antifaz para dormir en frente del aparato y de ser posible presionar la tecla “mute”, esto le hemos denominado "ponerle el tapabocas al televisor", es decir, invertir los papeles.

Aun cuando estos son resultados preliminares, las estadísticas (que nunca mienten) nos dicen (ellas no llevan tapabocas) que estos son resultados confiables, cualquier eventualidad les mantendremos informados.



Atte
Departamento de Investigación, Ciencia y Tecnología Hacer Diciendo

Ing. Ricardo Rodríguez Valdez
Lic. José Vieyra Rodríguez

miércoles, 29 de abril de 2009


Ayer la ví, maldita influenza, me hiciste verla tras esa horrorosa máscara facial. ¿Qué te piensas, gripe marrana, para robarme su belleza?


Ricardo Rodríguez


Cuentos en 140 caracteres.


Estimados 2 ó 3 lectores (en esta cuenta estoy incluyéndote, José). Recientemente he aprendido a usar una graciosísima cosa llamada Twitter, un servicio de microblogging cuyo límite de 140 caracteres me parece fascinante y desafiante para poder contar cuentos, microcuentos, cuentitos... la cosa es que estoy comenzando a tratar de escribir cuentos para publicarlos en mi cuenta de Twitter (y a la vez aquí mismo), los cuales les invito atentamente a leer. Aún no sé si sea posible, o aún conveniente, publicar en Blogger y Twitter a la vez, sin embargo voy a procurar publicar en ambos sitios simultáneamente.

De lado quisiera dejar toda la controversia que levantan sitios como Twitter, y simple y sencillamente aprovechar el espacio y prestaciones que nos ofrece para hacer algo que me gusta y que es probable que a ustedes les guste.

Sin más, comenzamos...

¡Gracias por su atención!

Ricardo Rodríguez

"Ha sido mi experiencia que gente que no tiene vicios
tiene muy pocas virtudes"


Abraham Lincoln

Tengo un solo vicio: Fumar cigarrillos mientras bebo cerveza hasta caer alcoholizado, al tiempo que pago a distintas mujeres, cuando me junto con mis amigos a apostar y jugar baraja. Por supuesto no puede faltar la verde...


Ricardo Rodríguez


jueves, 23 de abril de 2009

De libros y oficialidades


por José Vieyra Rodríguez


Las palabras expresadas por la voz
no son más que la imagen de las modificaciones del alma;

y la escritura no es otra cosa

que la imagen de las palabras que la voz expresa
Aristóteles



Hoy 23 de abril se celebra, por decreto de la UNESCO, el día internacional del libro.

Me llama de sobremanera la atención la oficialización de festejos de diversas índoles. Cada día que se celebra algo, se puede escuchar “pero ojalá no sea sólo un día, sino que todos los días sean (aquí ponga usted el festejo acorde a la ocasión)”.

La creación de la oficialidad de dichos temas me parece triste. Cuando algo se tiene que volver oficial, no necesariamente es por la importancia que ha adquirido en la sociedad, sino por el contrario, puede ser también por el desinterés que despierta, y por lo tanto, hay que buscar salvarlo al menos un día, y de paso, enmarcándolo dentro de la política actual, ¿qué tema está fuera de ella?

Socialmente los libros son bien vistos, fomentar la adquisición de ellos es políticamente correcto (sin importan que muchos puedan estar más bien cerca de ser panfletos propagandistas de ciertas ideologías), incluso las grandes (y no tan grandes) ciudades tenemos nuestra Feria Internacional del Libro, en la cual se ven desfilar miles de personas comprando, como debe de ser, libros y libros que adornarán unos libreros, también comprados cual debe ser, para el uso debido: sostener libros.

El fomento a la lectura es un lema que se escucha en todos lados, pero en nuestro país las leyes que ostentan dicho título incluso van en su contra.

El libro; en este su día internacional, compremos algunos, adornemos nuestras casas con ellos y carguémoslos bajo el brazo por la calle, no sin olvidar hacer juego con un buen par de anteojos… ah, y si los leemos también sería bueno.

miércoles, 22 de abril de 2009


La cosa fue así...

Ayer me perdí en la ciudad donde vivo. La ciudad la atraviesa
un río, ancho, grande, con mucha agua. Yo sabía de antemano
que en este río vive una estatua, y por azares de las calles fui
a dar a donde esta estatua vive. Me bajé del auto, caminé al
lado del río hasta llegar al monumento.

A manera de homenaje encendí un cigarrillo,
puse una canción en mi mp4 tipo aypo
con tecnología Sony japonesa y me senté a ver la mole de bronce.

Mientras sonaban las melodías que la estatua tocaba
mientras solía vivir como nosotros, los humanos, cerré mis ojos
para imaginarle tocando esas seis cuerdas que me atraviesan
siempre como seis espadas. En mi éxtasis, veía a un vago caminar,
un muchacho joven, sucio y rubio que cargaba unos tambores y
dos morrales llenos de ropa igual de sucia, pero no tan joven.
El vago se detenía en cada árbol que veía, se acercaba, lo apreciaba
y si había oportunidad tomaba una ramita y la guardaba en uno
de sus morrales. Al llegar a la estatua, caminó unos pasos adelante
arrancó una flor, regresó a la estatua y con mucha dedicación y cuidado
la puso en la mano izquierda del ahora occiso. Se dió media vuelta
y se marchó.

Unos ofrecemos cigarrillos, otros ofrecen flores, pero siempre
lo mejor que podemos. Caín no era tan malo ni Abel era tan bueno...
Pero Stevie, Stevie... tú eres el mejor.


R.R.V

lunes, 20 de abril de 2009


Dialéctica

Desde muy pequeño me enseñaron casi a manera de dogma que las letras pequeñas siempre contenían lo más importante, por lo que nunca debía pasarlas por alto. No importando la incongruencia que esto me suscitaba, lo terminé por creer aunque nunca lo había podido comprobar, hasta ayer, cuando vi un gran letrero que decía CUIDADO, pero debajo de esta advertencia tenía unas letras muy pequeñas, me esforcé por leerlas pero no podía, me acerqué cuidadosamente, poco a poco, hasta que las vi claramente “Si usted puede leer esto es porque está demasiado cerca ¡aléjese!” Me retiré lentamente mientras recordaba irónicamente aquella máxima acerca de la importancia de las letras pequeñas.

J.V.R.

martes, 14 de abril de 2009


Los intelectuales


por José Vieyra Rodríguez


“En un lejano lugar retacado de nopales
había unos tipos extraños llamados intelectuales
se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos
pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos
…y entre tanto pensamiento, análisis y estructura
decían conocer la neta y hasta también la locura
pero al llegar a su casa peleaban con su mujer
sintiéndose de otra raza nunca daban pa’ comer”
Rockdrigo González



Cuando se quiere ser “contestatario social” pueden darse cientos de argumentos para generar (a veces sólo para mantener) una crítica en contra de los medios de comunicación, los deportes, los comics, los artistas “pop” y demás iconos y formas culturales que según intelectuales entendidos (quizá sólo entre ellos mismos) son formas de mantener la opresión y control de masas a través de entretenimiento enajenante que propicia únicamente la creación de una masa uniforme sin pensamiento propio, y por ende, de estúpida forma de vida.

Ahora, cualquiera que tenga ánimos de volverse un “rojillo” o un “intelectual de izquierda” basta voltear a ver la televisión y denunciar la hipocresía y forma de control mental, el fútbol y la enajenación de masas, las novelas y la repetición de figuras femeninas, los juguetes y su creación de “género” a través de los soldaditos para los niños que generan violencia y las cocinitas para las niñas y su creación de roles femeninos acorde con la visión clásica, los videojuegos y su formación de nuevas realidades virtuales alejadas de la convivencia social, el internet y su manera de aislar al individuo, la ciencia y su saber imperante que dicta el nuevo orden y creencia…

Es sencillo volverse un reaccionario del sistema, quienes así se consideran también se pueden autoetiquetar desde anarquistas o hippies hasta feministas, sociólogos o ¡filósofos!

Dependiendo del interés y punto de apoyo que tomen, será su discurso, así termina toda la cultura (incluso la Universidad, de donde la mayoría provienen aunque muchos ni siquiera la terminan), siendo un mero reservorio de porquería; la televisión, los juguetes, la política establecida, el modelo educativo, los libros best seller, los artistas más reconocidos, el cine comercial, los deportes, la religión, y en resumen, todo lo que no sean ellos.

Lo que quizá pasan por alto todos estos pensadores de buenas intenciones (quiero creer) es que ellos mismos son parte del gran juego social que tanto denuncian, es decir, apuntan hacia lo trágico y denigrante de la sociedad, apuntan y evidencian la necesidad de una identificación imaginaria de todos los sujetos con algo o alguien, mejor dicho, con otros (los iguales). Es cierto todo ello, pero habría que agregar que ellos mismos están a la vez subordinados a cierta identificación imaginaria de “pensadores de izquierda”, “filósofos” o como quieran llamarse; todos ellos con pelo largo, barba mal arreglada, trabajos mediocres (pero dentro del mismo sistema que tanto critican), o las mujeres con faldas de colores o bien con una imagen “masculinizada” evidenciando su desinterés por parecer femeninas.

Se reúnen en cafés bien conocidos por ellos mismos, para ya entrada la noche volar hacia la cantina de mala muerte y desde ahí, con una cerveza y un porro creerse libres e intercambiar sus mismas ideas recicladas desde hace décadas, identificándose ellos también con Marx o el Che, quizá los más informados en los temas actuales con Foucault, o ¿porqué no?, con Simone de Beauvoir, y pasan las noches sin proponer nada nuevo pero ideando el nuevo mundo, sin poderse voltear a ver ellos mismos y descubrirse tan iguales, como espejos en el mejor de los casos, como malas fotografías en la mayoría de ellos, de reconocidos “intelectuales”, sin poder ver su propia identificación imaginaria y, al menos aceptar, que tanto ellos como nosotros; los demás, la requerimos para darnos identidad, y que esta a su vez está sometida a la identificación simbólica que nos permite mantenernos socialmente funcionales, pues si se nos arrebatara esta imagen se cae también la función que tenemos, si simplemente se nos quitara, quedaríamos sumergidos en un mar de sin-sentido, siendo aun menos sujetos que lo que éramos viendo futbol los sábados en el estadio o leyendo a Marx por las noches.

Los intelectuales, esos que existen gracias a lo que critican. Para su permanencia, ojalá nunca cambie realmente el sistema.

martes, 7 de abril de 2009


Epístola


Noche del martes 16 de diciembre de 2008;

.......: (en la carta original no aparece nombre de destinatario, hemos reproducido el espacio en blanco siendo fiel a su original)

Hoy, después de tanto tiempo, nos hemos reencontrado. Quizá el término no sea el adecuado, ¿puede llamarse reencuentro a un encuentro entre dos personas diferentes? Porque -lo sabes- no somos los mismos. ¡Cuántas veces dudé de los verdaderos cambios! Pero ahora, también lo sabes, se me devuelve mi escepticismo volcado en nosotros mismos.

Alguna vez escuché que la palabra persona etimológicamente proviene del griego προσοπον que significa máscara, por lo que –intento justificarnos- nos mostramos hoy nuestras nuevas caras, máscaras recién adquiridas para la ocasión.

Tristes formas de vernos, la nostalgia nos invadía, “sobre recuerdos nada puede edificarse” me dijiste, razón tienes que tener, pero demolerlos o mantenerlos como referente tampoco pueden ser las únicas alternativas.

Hace unos días, mientras estaba en casa, una canción sonaba, era de aquél tío tuyo, el argentino. “No me pidas que me quede si por andar te he encontrado” decía la voz cansada y grave del cantautor, imposible me parece evadirme de la sentencia. No sé si te conté, fui a verlo hace poco al teatro, ¡ah! ¡el teatro! ¡Cuánto nos dio ese mágico espacio de fantasías, historias y personajes! A veces, por temor a la memoria, prefiero no ir. Más de una oportunidad he dejado de asistir por no volver a ver ese entablado, profanar a mi propio pensamiento no es lo ideal, por lo tanto, intento acudir acompañado, así las distracciones son fuertes como para no recordarte todo el tiempo, además

Aquí se interrumpe el manuscrito original, esta carta fue encontrada entre papeles de su escritorio, al parecer se olvidó de terminarla, algunos asumen que pudo haber sido desinterés.

J.V.R.

viernes, 3 de abril de 2009


T
engo razón al creer que todo el mundo cree tener la razón.


Ricardo Rodríguez

jueves, 19 de marzo de 2009


Historia de las ventanas

C
aminos sinuosos, más bien, maniobras errantes del chofer del camión. Imágenes de casas, departamentos, habitaciones verdes, azules, rojas, algunas doradas, pero en todas ellas, una constante: al menos una ventana abierta. Te deja ver algún cuerpo desnudo, o en el peor de los casos, te deja verlo vestido. En una ocasión, en la casa de una amiga vieja que ha pasado a otra vida, pude ver por medio de una ventana sucia, que de tan sucia se veía y se pensaba café, una tela mosquitera polvorienta, con agujeros grandes y una brecha que, sin duda, era la que permitía meter la mano hasta alcanzar el picaporte, que (aún con menos duda) debía ser sucio y oxidado, la pelea entre un matrimonio jóven, un par de golpes de parte del abusón y escuchar muchos más gritos que golpes que corrían por cuenta de la abusada. "¡Abusada!, ¡abusada!" le gritaba yo, aprovechando estas rupturas dimensionales en la ventana, esperando que gracias a mis gritos tomara el valor de levantar su inútil pero amenazante brazo en contra de su inútil y amenazante marido. Pero el milagro no llegó, así que tuvo la muchacha que seguir viviendo entre gallinas, pollos, huevos y gallos, responsables éstos últimos de plumífera población citada.

También pude, en otra ocasión, observar un viejecito tumbado sobre su sofá, de algún material muy parecido al terciopelo, rojizo, o más bien cafesizo (no sé cómo se escribe o llama ése color, es como una mezcla del color que tienen las hojas de los árboles de la Estanzuela en Noviembre, aquellas hojas que para verlas, tenía que caminar algunos tortuosos cientos de metros, solo para verlas de paso mientras regresaba corriendo hacia donde me esperaban mis padres) con claras marcas de uso, de un casi eterno uso, un uso que sólo dá un cuerpo que sólo puede estar en él. El viejo tenía a su derecha mano una mesilla en la que destacaba la largura y bella forma de ella, una botella, que ostentaba orgullosa en su cuello el cintito negro con dorado que denotaba sus largos años de añejamiento y anejamiento a su marca, que la había sabido llevar hasta esa mesa, para que luego, el viejo supiera llevar su espirituoso contenido hasta el interior de su propio cuerpo. Lento, muy lento, mi amigo vaciaba un poco de whiskey en su vaso, no había rocas que lo diluyeran, cómo a él lo habían diluído el tiempo y las largas horas en su sofá cafeziso. Cada trago le parecía aliento de vida, y es que es a lo único que puede parecer un trago de licor cuando se es un viejo sentado en un sofá cafeziso. Esto lo ví también a través de su ventana.

De la misma manera pude ver, calles más adelante, una tienda, una tiendita pequeña, de ladrillos toda ella, su ventana no era como las demás, en ella había que investigar, había que torcer la vista y esforzar el cuerpo, estaba llena de cartones publicitarios, por lo que no es ni siquiera necesario decir lo difícil que era lograr filtrar la vista. Pero puesto que nada en mi relato es necesario, voy a contarlo. La ventana se ubicaba al lado derecho de la puerta, es decir, estaban pegadas, pero ella, la ventana, se encontraba sobre lo que se vislumbró, sin lugar a vacilaciones, como un florido jardín, lleno de verdes seres vivientes, inánimes tal vez, pero vivientes y muy verdes, con pequeños arbolitos que crecían al compás de la primavera y que alojarían eventualmente muchas aves, sin embargo, su propósito no fue cumplido y el jardincito se quedó en una pequeña y polvorienta llanura. En línea recta, bajando la mirada desde el centro de la ventana hasta la centimétrica llanura, se encontraba una piedra, que holgazaneaba restregando su superioridad volumétrica en la cara de cada uno de los granitos que componían aquella llanurita. Esta piedra, de apariencia de piedra hecha por el hombre, era la que servía de escalón a nuestros pequeños (en aquellos años) pies.La instrucción era clara, debía ponerse el pie derecho sobre la parte izquierda de la mitad inferior del área central de la piedra, a la vez que la mano izquierda se cruzaba con cuidado por detrás de la parte derecha de la primera barra del protector de la ventana, justo por encima de donde se encontraba el anuncio en cartón azul de los "Mamuts". La mano derecha debería permanecer libre, no solo para mantener el equilibrio, sino para poder empujar a los otros niños que también usaban de aquél sencillo método de observación; y es que la cosa no era para menos, la primera vista que ofrecía aquella ventana era la de las curvas de esos volcanes, lo pachoncito de ese bizcocho, lo redondo de esa dona, en fin, la plenitud y llenura de una bandeja de pan que era rellenada cada día.

Son tantas las historias que tengo que contar acerca de tantas ventanas... quisiera que cuando menos alguna fuera cierta.


Ricardo Rodríguez

lunes, 16 de marzo de 2009

Sobre el saber qué decir o porque es bueno el silencio incómodo con los
desconocidos para poder llegar por medio de este a ser conocidos.


Es de opinión generalizada que es bueno saber qué decir, algo de lo que yo no estoy del todo de acuerdo, quizá por experiencia, pues he sufrido el tener siempre, para toda ocasión, tema y suceso un comentario, cosa que no tiene por que ser bueno, por el contrario es el más grande mal.

El trabajo es un claro ejemplo, me ha costado tres asensos laborales y la misma cantidad de despidos, por que el saber qué decir no significa saber decir mentiras en el momento justo, por el contrario, es –con todo el peso de su significado- saber qué decir.

Por momentos me he sentido al punto del delirio, pues tampoco puedo considerarme un ser berborreico, simplemente me sucede que si me piden mi opinión o puedo expresarla, lo hago. Hay veces que al silencio lo atesoro, me aferro totalmente a su existencia en tanto pueda, pero llega la invitación a hablar, la oportunidad certera o el momento del comentario sagaz y sale sin tocar baranda.

Lo anterior no es un problema único de las relaciones laborales, las sentimentales son de lo peor. Esta habilidad me ha llevado a tener las más grandes conquistas y ligues verbales, los cuales me corresponden con un “ese comentario me gustó”, frase que me reafirma el camino. ¡Pero cuántas veces lo he arruinado de la misma manera!, siguiendo hablando hasta que mi instinto masculino me dice que algo va mal cuando las mujeres se quedan calladas y cambian de actitud, es entonces cuando sé –con la misma certeza- que es por algo que dije, pero si anteriormente sabía que todo lo tenía que decir, ¿entonces cómo saber qué de todo lo que dije no les pareció? Afortunadamente la misma causa del problema es la solución, pues unos minutos después de captado el error, mis comentarios acertados hacen retomar el rumbo y el control, esto en el mejor de los casos, pues vaya que también hay mujeres rencorosas que se comprometen a no olvidar, cómo si los demás comentarios fueran arrojados por el fuerte viento de las palabras tomadas como impertinentes.

Concluyo que es fácil salir de un apuro de saber qué decir con relaciones en que media el afecto, mis amigos cercanos se toman, la mayor de las veces, a broma mis comentarios, creo que es más por cariño que por gusto real. En mi trabajo actual he estado varias veces a punto de ser despedido pero mi jefe me quiere como a un hijo, al menos eso me ha expresado más de una vez, y en mis relaciones de pareja siempre ha sido mucho más fácil con quien tengo un vínculo sentimental y no el puro y llano apetito sexual.

Saber qué decir, definitivamente es un problema, daría lo que fuera por que realmente haya un momento en que no sepa qué decir, en verdad… por ejemplo ahora, sé que tengo que seguir hablando, el silencio, lo sabes, se había tornado incómodo, como esperando a que uno de los hablara de algo, yo lo hago porque definitivamente estoy seguro que tú no podrás mantener una plática buena conmigo, ahora me conoces y te das cuenta que no soy a quién buscabas esta noche, seguramente girarás y te irás dejando detrás una experiencia más de no poder callar el saber qué decir, o por el contrario te quedarás para callarme la boca con un beso… Adiós, pues.

J. V. R.

domingo, 8 de marzo de 2009

¿Es usted humano? ¡Entonces tome terapia!


por José Vieyra Rodríguez


Neuróticos anónimos
¿Sufre angustia, celos, miedo, soledad, depresión?

Acérquese, nosotros podemos ayudarlo.

Esta es la manera en que se anuncia una asociación que su función es acoger dentro de sus instalaciones a personas que se autodenominan neuróticos, las personas que acuden a este lugar son aquellos quienes desesperados buscan un apoyo psicológico, y en esta asociación lo encuentran por medio de terapias grupales.

No hay lugar a dudas que quienes se acercan a buscar ayuda psicológica de cualquier tipo, lo es en gran parte por un sufrimiento que existe en ellos, al cuál lo reconocen y pretenden en primera instancia eliminarlo, en segunda al menos reducirlo, y en el peor de los casos, controlarlo. Bien es cierto que el reconocerse como ser frágil y afectado por cierta circunstancia, es un primer paso para salir de ella, buscar al menos el cambio.

Lo que pretendo mostrar en este punto, es aquello que comienza a imponerse cada vez más en nuestra sociedad. Imperante se vuelve a cada momento negar la condición humana de fragilidad. Ser feliz, siempre, en todo momento y en todo lugar, es lo que nuestra sociedad nos dicta. Por eso la negación del dolor, la angustia, el sufrimiento, la fragilidad, la tristeza, es una postura que termina por golpear nuestra diferenciación ineludible de las demás especies animales, ninguna de ellas es afectada por enfermedades mentales de este tipo, pues no es posible que experimenten soledad estando acompañados, o angustia ante la muerte cuando ni siquiera están conscientes de su mortalidad. De este modo, nuestra sociedad funciona orientada hacia la negación de nuestra condición. Así, la mercadotecnia es el más claro ejemplo; si estás triste ve de compras, si tienes antojo (no hambre) ve a darte un lujito, ¡si tienes celos ve a terapia!

Me llama de sobremanera la forma en que se anuncia la asociación antes mencionada, pues ¿quién podría jactarse de no experimentar angustia, celos, soledad y depresión en algún momento? Es decir, todos entramos en este rubro de alguna u otra manera, sin discutir lo ambiguo que puede resultar esta terminología, pues cada quien le da el sentido de su propia vivencia.

De igual manera, sin olvidar que el chiste (Witz) revela siempre parte de nosotros mismos y nuestro funcionamiento inconsciente, tomemos la imagen que sirve para comenzar este artículo y detengámonos. En primer lugar encontramos lo que ya mencioné, el hecho de que la propia mercadotecnia tome nuestra manera de conducirnos para adaptarla y devolvernos nuestro deseo a favor de los mercaderes. Así, este anuncio hace mofa de la imagen del “neurótico”, que siempre está irritable o que escucha y se siente como si siempre le ordenaran, o no entendiera qué hacer, etc. Además también es sumamente interesante el hecho de que nos recuerde que incluso la imagen clásica y estática del neurótico sirve para vendernos libros. Así, lo que nos muestra es que hasta la lectura puede ser terapéutica, o que la imagen del enfermo mental ayuda a vender libros.

De ninguna manera estoy en contra de que alguien, ante el sufrimiento que indudablemente está experimentando, acuda a buscar ayuda para salir de esa situación, tampoco estoy en contra de un anuncio que promociona la lectura o al menos la compra de un libro, pero tampoco puedo estar a favor y decir que la solución radica en eliminar todos los sentimientos y emociones que indudablemente nos convierten en humanos, la felicidad pura y eterna es sólo posible en la alienación y por lo tanto en el alejamiento de nuestra propia conciencia y nuestra aceptación de sujetos efímeros pero por lo mismo, con responsabilidades ante esta posición.

En este punto, tan sólo me siento responsable de cuestionar en la medida de lo posible lo que se presenta ante mí: la imposición actual de la negación de nuestra propia condición humana.


viernes, 6 de marzo de 2009


Historia familiar

Corrían desbocados, como caballos, asustados, sin saber su dirección, pero en realidad ellos sí la conocían, estaban ya cerca. Llevaban al cuerpo entre sus brazos, las gotas de sangre marcaban el camino velozmente transitado. Los gritos comenzaron a escucharse desde dos cuadras antes, como si la voz que saliera de su boca les ayudará a viajar a la misma velocidad que ésta, pero la realidad es que eran precisamente sus vociferaciones las que los hacían perder rapidez.

Desde que tomaron el cuerpo, Juan comenzó a decir: –Se nos va a morir, se nos va a morir- Las palabras salían pero sus acciones buscaban negarlas. Alzaron al cuerpo de Raúl entre tres, los otros dos, desconocidos para Juan, pasaban a unos metros cuando oyeron el disparo, voltearon y al ver desvanecerse al joven de veintidós años corrieron a su auxilio. Heriberto, se echó a correr en dirección opuesta, se supo después que el revolver se había disparado por accidente, al menos esa fue la versión de la investigación que se prolongó por dos días, algo que la familia Gloria nunca comprendió.

-¡Antonio, Antonio! ¡Traemos a Raúl! ¡Abran, abran chingado, que abran!- Golpes y golpes en la puerta, igual a los que Raúl intentaría dar a la base de su cama esa misma noche, cuando lo amarraron con unas sábanas tanto de los pies como de sus muñecas, la noche que ardió en fiebre y siguió desangrándose hasta que cerca de las seis de la mañana, con un grito que probablemente se haya escuchado hasta Saltillo, hasta el hospital más cercano el cuál estaba a 45 kilómetros, murió.

El médico del pueblo, cuando llegó, se concretó a decir que sería inútil intentarlo trasladar, -lo mejor es amarrarlo para que no se golpeé, y pos estar junto a él- Eso dijo mientras veía llorar a María buscando dentro de los roperos todas las sábanas que tenían.

Desde los gritos desaforados hasta el sábado lluvioso en el que enterraron a Raúl, una niña de nueve años lo había visto todo y registrado detalladamente, ella nunca olvidará estos días, tanto así, que cincuenta y nueve años después, no entiende porque murió de esa manera su primo con el que, por la mañana de un jueves, había estado jugando a que él era un caballo y ella una intrépida jinete.


A Raúl, a quien desafortunadamente,
sólo conozco por su muerte.

J.V.R.


lunes, 2 de marzo de 2009


Lo último que muere.

Una verdad, muy sabida por cualquier persona es esa que reza "La esperanza es lo último que muere". Máxima tan verdadera como inútil. Si la esperanza es lo último que muere, nadie estará ahí para atestiguar su valerosa gesta. Inútil y valerosa gesta. En cambio, nunca, nunca nadie habla de la desesperanza, que por oposición, habrá de ser la primera en morir. La esperanza es cobarde, entonces: deja que otros mueran primero que ella, se esconde, huye para no ser muerta por los golpes de la vida; ve pasar la vida de los otros, los ve nacer, crecer y morir, los ve con envidia desde su escondite, por que es cobarde y se sabe cobarde. Aunque cobarde, ver cómo se van todos le pesa, le hace difícil la existencia. Pero no quiere o no sabe morir o no debe morir. Esta es la desesperanza de la esperanza, ser la última que muere.

Ricardo Rodríguez

sábado, 28 de febrero de 2009

Mi duende campirano

Pensé en comenzar con una frase como “Hoy mi duende campirano partió”. Sin embargo al escuchar este verbo en pretérito perfecto simple, es imposible no encontrar sus múltiples acepciones: dividir, hender, distribuir, romper, distinguir, separar, finalizar, concluir, empezar, desbaratar, desconcertar, anonadar, todas estas palabras pueden de alguna manera, -según un diccionario- ser sinónimos de partir. ¡Qué ironía! ¡Qué ridículo que una sola palabra pueda significar final y comienzo!, qué estúpido que pueda decir “hoy mi duende campirano partió” y no saber si la acción del verbo recae sobre el propio duende -al haberse ido él-, o acaso digo que el duende realiza la acción de partir algo, pero ¿a qué parte?, ¿a mi historia? Y si se va, la pregunta retorna: ¿a qué parte? Encuentro absurdo intentar articular algo como “Partió por la mañana” y encontrarse ante dos significados, el primero, que se fue, lo que quiere decir que de alguna manera termina, pero la partida es a la vez comienzo, pues se tiene que partir constantemente, quizá nos tengamos que partir constantemente.

Saramago dice que “las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos”. En la frase con que pensé comenzar mi relato aparecen todos estos elementos y sigo sin decir algo. No sé decirte hasta qué punto estoy de acuerdo con el portugués, lo que sé es que una palabra que pueda significar tantas cosas sigue sin ser suficiente para decirlo todo.

Por eso, sin más, me he decidido no comenzar con esa frase, mejor te diré quién es ese personaje del que hablo, quien me hace disertar sobre las palabras adecuadas. Sin pretensión exagerada diré que acerté en llamarlo mi duende campirano. Sí, el cabello largo y revuelto, pareciendo estar despeinado, y sus zapatos puntiagudos, con esa suela lisa, evidenciaban su condición de duende, pero la particularidad de su camisa a cuadros y sus pantalones de mezclilla me hicieron sustantivar lo que a primera vista era un adjetivo. En cuanto al pronombre posesivo, no está de más, denota pertenencia, al final es mío y de nadie más, quizá por eso nadie ha podido verlo. Y así, surgió el nombre por el que me referiré de aquí en delante.

Intentaré ordenar mis ideas para ti, por lo pronto te digo, lo conocí hace más de dos años. No es que no tuviera idea de su existencia antes, pero había aparecido como tantos seres que uno observa, ajenos y lejanos, sin importancia real. La verdad es que aún no me he terminado de explicar cómo, un día coincidimos y comenzamos a charlar. Algo que continuó siendo más frecuente conforme el tiempo pasó. Y así, sin más, ese duende se convirtió en un compañero, después en un amigo y después en parte de mí. Ahora reflexiono lo que te acabo de decir, tal vez, por el contrario, partió de mí y después se convirtió en compañero y amigo, una vez más partir, mejor rodear este problema.

Esto último, que es parte de mí, lo he pensado más de una vez, pues hay quien me ha dicho que es una creación propia, que mi duende campirano no existe, algo que por momentos estoy dispuesto a admitir. Algunos a este exceso le llaman locura, yo, consintiendo su falsa imagen acústica le he llamado “lo-cura”. Sí, pues más que vivir su presencia como enfermedad mental la he vivido como aquello, que por el contrario, alivia, lo-cura, que ¿a qué? a la verdadera enfermedad, tal vez soledad.

Haces bien en preguntarme a qué viene todo esto, a qué me refiero con que se fue. Pues bien, te diré que aún no entiendo el cómo y el porqué pero un día, sin más, me dijo –José, me voy a ir- en principio no le creí, pensé que era otro de sus chistes o comentarios extraños, pero continuó diciéndolo cada vez que conversábamos. Sus argumentos fueron ajenos a mi entender, lo único que sé es que se va porque tiene que hacerlo. ¿Cómo dejar ir a quien se ha convertido en uno mismo? No lo podía hacer, por lo que pensé en retenerlo.

Mis primeros intentos fueron absurdos, le pedí que no lo hiciera, no sirvió. Entonces me pregunté ¿cómo retener a quien parece que nadie ve, tan sólo yo? Entonces fue fácil la respuesta, ser yo mismo para reflejar su ser en mí. Admito que tampoco funcionó. Pensé entonces, si llegó de pronto, de la misma manera podría irse, así que lo puedo impedir por la fuerza. Ideé una jaula en la cual le pediría que entrara y si se negaba lo obligaría. Lo tomaría de sus cabellos y lo aventaría dentro, lo vería sufrir en su cautiverio, pero lo (re)tendría. Lloraría a causa de su libertad coartada, pero al final, terminaría por acostumbrarse a un espacio pequeño y sin salida. Te lo comento, lo admito y me siento miserable, no hubiera podido hacerlo, pero tampoco quería quedarme sin mi duende campirano por un capricho de éste. Te mentiría si te dijera que no lo maldije, cómo era posible que ese ser tuviera voluntad cuando supuestamente partió de mí. Sí, lo sé, hoy también partió de mí.

¿Sabes? Paso revista a lo que viví con él, y me siento feliz. No porque haya sido todo como yo lo hubiese querido, sino porque el simple hecho de encontrarlo me dio felicidad. Hubo días que no pasaron sin verlo, semanas enteras compartiendo mi vida con él, hubo otros en los cuales desaparecía y no sabía nada de él, salvo que andaba por ahí, esa certeza la tenía y con eso me bastaba, porque al final, sabía que volveríamos a vernos, a buscarnos pues éramos uno parte del otro.

¿A qué me refiero con que com-partimos tanto? ¿Qué era de lo que charlábamos al vernos? No sé cómo explicarlo, no creo que me puedas entender. En nuestra última conversación me dijo que era algo privado, mi duende campirano me dijo en voz baja, -lo nuestro sólo nosotros lo sabemos-.

Sé que hay quien podría jactarse diciendo que estoy curado, que admitir la transitoriedad de un ser que nadie más podría ver, es la clara muestra de mi recuperación de la nerviosidad que me aquejaba. Pero ellos, son charlatanes, soldados de la realidad indisoluble dispuestos a maniatar a quienes nos negamos a vivir como ellos. La verdad es que, si quieres que te sea sincero, no es el primer ser que irrumpió en mi realidad así. Hace años había conocido una mariposa parlanchina, pero la última vez que la vi me asusté, en ella había sucedido lo contrario a lo esperado, había pasado de mariposa a oruga.

Basándome en lo anterior, no creo que sea imposible que aparezca un nuevo ser en mi vida, no sé siquiera si se mantendrá mi duende campirano. Cuando se fue, a diferencia de Quetzalcóatl, no prometió volver. Pero si este dios lo dijo y no lo hizo, espero que mi duende campirano lo haga sin decirlo. Porque además, dejó tantas cosas pendientes que perdí la cuenta, espero volver a verlo y cumplirlas, una por una. Pues aun cuando veo algunos otros seres que se asoman a mi realidad y pretenden introducirse en ella, no se los permito, en este sentido, no sé qué vaya a suceder.

No me resta mucho por contarte, salvo que el jueves fue su última visita, la cual, tengo que decírtelo, me dejó con una sensación de felicidad. No volveré a verlo en mucho tiempo, y hoy el recuerdo comienza a aquejar mi cabeza. Lo dejé ir, quizá mi duende campirano, intermitente como sólo él, tenga que seguir irrumpiendo en la realidad de otros tantos como yo, quizá vuelva o yo vaya a buscarlo a donde quiera que se encuentre. No lo sé aún, hoy mi duende campirano partió.


J.V.R.

miércoles, 18 de febrero de 2009


Cuentos de Penélope: De cómo dejé de esperar.

Hoy por fin has regresado. Regresaste un tanto diferente, con frío, diría yo. De la espera mejor ni hablar. El alma se me desgarraba sólo de pensarte, de pensar si volverías... Pero he dicho que ni hablar. La piel que te cubre, sin duda, ya no es la misma, bien dicen que el tiempo no perdona. Tus labios ya carecen de la vida de antaño, esos labios que mordía y que después me hartaban.

Honestamente, el recuerdo de tu voz era lo único que me mantenía esperándote. Tu risa era el único rocío que de vez en cuando mojaba este desierto, este desierto que soy yo sin vos. Pero regresaste, bien, ya llegaste y eso es lo que cuenta, el corazón late con fuerza, no me importa lo mal que te ves. Te voy a besar, como en los buenos viejos tiempos... pero tus labios no tendrán calor ni color...

En fin, que bueno que regresaste, Penélope, aunque sea en esa fría y horrible caja gris, que bueno que regresaste, Penélope; ya no esperas ni te espero más.


Ricardo Rodríguez
- Con amor a todas aquellas Penélopes, a sus hijos, a sus maridos
y a los grises viajeros que nunca la reencontraron.
Fin.


domingo, 15 de febrero de 2009


Narcisismo o Actos de amor


por José Vieyra Rodríguez


"El egoísmo no encuentra un límite más que en amor a otros,
el amor a objetos"
S. Freud


"Lo que amo, en la medida en que hay un yo
donde me fijo por una concupiscencia mental,
no es un cuerpo... sino una imagen que me engaña
al mostrarme mi cuerpo en su Gestalt, su forma"

Jacques Lacan



Dos tipos de motivaciones existen en el ser humano para aquellas acciones que realizamos, por un lado están las que nos refuerzan nuestro narcisismo(1), nuestro propio amor, y las hacemos a conveniencia, ya sea directa o indirectamente, y por el otro los actos de amor.

Un ejemplo del primer tipo de narcisismo, es la conveniencia directa pero bien vista socialmente, como lo es el estudiar, en donde se accede a tener reconocimiento, poseer un saber ante los demás, un título que te hace oficialmente competente y otorga simbólicamente autoridad al yo.

Los segundos actos narcisistas, pueden ser actos comúnmente denominados “egoístas”, y que no son valorados socialmente, estos son aquellos en los que al yo no le importa ir en contra de un beneficio común(itario), o incluso no solamente no crear un beneficio, sino perjudicar y actuar únicamente pensando en lo que le conviene, como lo pueden ser el robar, mentir para evitar un castigo, etc. Así pues, están los actos socialmente bien vistos y esperados como estudiar, ser limpio, tener un buen trabajo, etc., y los actos condenados socialmente pero muy practicados que son los que perjudican o van en contra de la cultura y las reglas de convivencia pero que benefician directamente al yo. Pero también existen un tercer tipo de actos narcisistas, aquellos que incluso son, a diferencia de los dos tipos anteriores, de extraordinario beneficio hacia los semejantes, nombrados como caridad o lástima hasta altruismo, humanismo o filantropía.

Por ejemplo, en lemas tan antiguos como el adjudicado a Confucio: “no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti” en donde se es pasivo en la agresión para un beneficio propio, o en la tradición judía con el mandamiento “«No matarás» [que] nos da la certeza de que somos del linaje de una serie interminable de generaciones de asesinos que llevaban en la sangre el gusto de matar(2), hasta llegar al cambio que se da con el cristianismo en que se pasa de la pasividad de no hacer el daño a la actividad de ayudar pero sólo en función del amor propio, como lo menciona Freud; “«Amarás al prójimo como a ti mismo»… y un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible… «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero(3), es decir, amar en función de la propia imagen y amor a sí mismo: narcisismo. Así, quien más esté unido a las normas judío-cristianas de los mandamientos, se descubre pronto que sólo es en búsqueda de la salvación y vida eterna, así, se prefiere ser infeliz aquí para obtener el beneficio eterno después de la muerte fisica.

Admitiendo que bien, los actos aun los que parecen los mejores y más sinceros se pueden convertir o descubrir tan sólo como actos de amor a sí mismo, parece ser esta una visión pesimista de lo que el ser humano puede hacer. Pero nos queda aún por hablar de los actos particulares, pequeños, incluso actos discriminantes (en el sentido estricto de "discriminación", que significa distinguir). Es decir, esos que no se hacen a todas las personas, sino que se crea una distinción entre a quiénes hacerlos, que aunque parece ser aún más egoísta, termina por no serlo, puesto que los actos de amor a los que nos referimos, son aquellos que se hacen a las personas que se quieren por el simple hecho de amarlas, este es un verdadero desequilibrio a la estructura del yo, incluso yendo en contra del beneficio directo de éste. Seguimos aquí a lo propuesto por Slavoj Zizek “Amor es un acto extremadamente violento, amor no es “los amo a todos”, amor significa, selecciono algo… es la estructura del desequilibrio, aun cuando esto sea sólo un pequeño detalle, una frágil persona individual… yo digo “te amo más que a cualquier otra cosa”, y en este preciso sentido formal es el mal(4) . El mal que no debe ser entendido desde la moral ya revisada anteriormente, sino el mal porque va en contra de un equilibrio del yo y su supuesto control sobre la realidad, por eso, al amar se hacen cosas irreconocibles, catalogadas por el yo como estúpidas. Y así, entendemos que estos actos estúpidos, incontrolables y discriminatorios son en realidad verdaderos actos de amor, actos que no se hacen a cualquiera, ni tampoco por un beneficio, sino a alguien en específico por el amor mismo.

Restaría aún revisar la manera en que el yo se enamora, o para decirlo en términos psicoanalíticos, elige su objeto de amor, entonces caeríamos una vez más en que puede ser por una elección narcisista, o bien por apuntalamiento(5), pero en este sentido, encontraríamos el porqué de la elección de un objeto y no de otro, mas no la anulación de que dichos actos sean actos verdaderos de amor.

______________________

1. «El término "narcisismo" se emplea en psicoanálisis para designar un comportamiento (Verhalten) por el cual un individuo "se ama a sí mismo" o, en otras palabras, un comportamiento por el cual trata a su propio cuerpo como se trata habitualmente al cuerpo de una persona amada.» Elementos para una enciclopedia del psicoanálisis. El aporte Freudiano. Esta obra fue dirigida por Pierre Kaufmann: (1916-1995), filósofo del psicoanálisis. Edición digital.
2. FREUD, S. De guerra y muerte. Temas de actualidad. (1915) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
3.
FREUD, S. El malestar en la cultura. (1930) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998
4. Žižek! (Documental) Dirigido por Astra Taylor, USA, 2005.
5.
FREUD, S. Introducción al narcisismo. (1914) Ed. Amorrortu. Buenos Aires. 1998

miércoles, 11 de febrero de 2009

De los recuerdos

¿Te acuerdas de lo que eramos?¿Te acuerdas de quiénes eramos? Han pasado lentos y largos años.

No digo que sea malo, solo digo que pudieron no haber pasado. No nos habríamos consumido al calor de los recuerdos y, sobre todo, al calor de la duda:

"¿Que habría pasado sí...?"

Ricardo Rodríguez

viernes, 6 de febrero de 2009

Respuesta involuntaria


Se había estado preguntando desde hacía tiempo porqué le había ido tan mal en su vida. Incluso pensó que un obscuro placer de no ser feliz lo gobernaba, ya no buscaba culpables externos.

Ello y tantas otras cosas se decía para darse respuesta a ese sentimiento de vacuidad que se había tornado cotidiano. Hasta que un día, después de que la municipalidad pavimentó de nuevo su barrio y comenzó a poner nuevos letreros en las esquinas, lo comprendió. Había un letrero que no había cambiado, éste lo decía todo (estaba en la esquina de su cuadra); lo leyó y resignado sonrió, su vida había transcurrido en una “Calle sin salida”.

J.V.R.

martes, 3 de febrero de 2009


Cuentos de Penélope: Todo se vuelve más oscuro.

Todo se vuelve más oscuro. Me siento tan cansada, han sido muchos años y, sobre todo, muy largos... ya pesan sobre mis hombros, como pesadas losas de... de recuerdo, sí, de recuerdo; por que no hay nada más pesado que el recuerdo, sobre todo cuando se trata del recuerdo de lo que nunca fue. Mi piel hoy no es más que un cúmulo de pliegues, y en cada pliegue guardo una pena. Mis ojos, "Tristes a fuerza de esperar"... es decir, tristes a fuerza de saber que nada de lo que él dijo pasaría. Mis labios, secos de él, secos de la pasión que nunca probaron, secos de la vida que desde esa tarde, nunca volvieron a tener. Lo más vivo que queda en mí son mis manos, porque loca loca, pero bien que me tenían trabajando; ¡Cómo añoro cuando menos, volver a trabajar! Pero no, ya no, ya nada de eso volverá, peor aún, ya nada vendrá. Todo está volviéndose tan confuso, no entiendo nada de lo que me dicen, pero como los veo llorar... todo se vuelve más oscuro, no puedo hablar, o cuando menos, no me entienden, o cuando menos, no entiendo que me entiendan, como ha sido durante los últimos sesenta años. Todo se vuelve más oscuro; tan oscuro como la luz...

Ricardo Rodríguez

lunes, 2 de febrero de 2009


Ante el suicidio; la (in)certidumbre


por José Vieyra Rodríguez


El suicidio; “eso” que se nos presenta la mayor de las veces como inesperado, nos conmociona y nos interroga, nos arroja lo más propio del ser humano, en tanto es el único animal que lo hace.

La semana pasada llegué por la mañana a la preparatoria para la cual laboro como docente, y encontré que el grupo hacia el que me dirigía no había asistido a clases, el motivo –me enteré unos minutos más tarde- fue que un compañero del grupo había muerto y estaban todos los alumnos en el velorio.

Hasta donde tengo conocimiento, el joven, de quince años de edad, se colgó en el árbol del patio de su casa. El motivo, según dicen, es amoroso, una amiga (que conoció en la preparatoria) no le correspondió y éste al insistir y no encontrar la respuesta buscada, terminó por decepcionarse tanto que prefirió suicidarse, no sin antes mandarle un mensaje por celular a su amiga en el cual decía poco más o menos que lo perdonara por la estupidez que iba a cometer. También escribió una carta para ella la cuál no he sabido el contenido.

Durante la mañana que narro, supe también que la abuela del joven envió otro mensaje a la chica diciendo que ojalá esté feliz pues ya logró lo que quería. Y así, la abuela culpa a la chica del suicidio y logra entender el suceso, responde a todas las posibles preguntas que le arroja la situación, calma su angustia al tener una imagen hacia la cual dirigir su impotencia.

Por su parte, la institución escolar no sabe cómo responder ante el hecho, en ella no existe departamento de psicología y lo único que aciertan a saber los miembros administrativos de la preparatoria es la necesidad de hacer algo, pero seguramente, nada se hará. Los motivos; muchos. Comenzarán por pensar en la creación de un departamento de psicología en donde se brinde orientación y apoyo, quizá hasta terapia dentro de la misma escuela (como otras instituciones lo hacen) pero decepcionados ante los pocos recursos que se brindan y sin un quinto en el bolsillo para ello terminarán en buenas intenciones y un trago amargo que pasar.

Aun así, no debe dejar de plantearnos una buena cantidad de interrogantes esta situación y aunque sepamos el desenlace decepcionante que en algunos aspectos es imposible de remediar (como en los administrativos) es necesario no quedarnos como si fuera “un caso más”.

Por una parte, es sumamente llamativo la edad del chico, por otra parte también creo que es imposible desligar a la escuela del suceso (ahí se conocen, son del mismo grupo de amigos) y por último tampoco podemos aislar el momento en el que se da, es decir, ¿qué pasa en la sociedad (escuela, familia, amigos, trabajo, etc.) que no da alternativas a las cuales prenderse (o prendarse) y darle sentido a la vida?

Porque además si no podemos decir que es simplemente un caso más de suicidio, tampoco es conveniente decir que es un caso más de suicidio adolescente, sino entender el caso en particular en donde un chico de quince años se mata por amor, además de no pasar por alto el hecho de que es por medio del lenguaje que se entra en relación, en este caso, incluso hasta el final nos damos cuenta del ser que habla y no termina por acertar (mandar un mensaje, dejar una carta). Recordando también que el suicidio no se da porque no se quiera la vida, sino que no se quiere la vida bajo ciertas circunstancias, como la rebeldía que no es el hecho de no querer obedecer a nada ni a nadie, sino el pedir mejores razones para obedecer. De igual manera el suicidio no es querer morir sino no tener mejores razones para vivir. Además, siguiendo la doctrina psicoanalítica, recordemos que el suicidio no se inflige al Yo, sino al objeto introyectado, por lo que es un sadismo hacia el objeto que ha dejado su sombra sobre el Yo(1), o para decirlo en lo que nos ocupa; no se mata a él, sino a lo que siente por la chica.

Como también lo había mencionado, es trascendental entender el momento histórico en el cual vivimos, pues cada vez es más difícil encontrar razones para vivir, que le den sentido a nuestra vida y nos sostengan en el vertiginoso mundo actual. En la época contemporánea la escuela no es un lugar que brinde elementos de goce, sino por el contrario, de imposición y control. Pero al parecer tampoco hay fuera de ésta nada que posibilite el sostenimiento del sujeto en la vida.

Deborah Fleischer en un artículo llamado El suicidio en la obra de Lacan nos dice “el suicidio melancólico entonces no es un acto. Es una certidumbre de goce cuando el significante ha perdido la batalla ante el duelo imposible”(2). La pregunta se mantiene, ¿es la única manera de responder? El sujeto tiene certidumbre, pero los que atestiguamos el suicidio estamos del otro lado, con la incertidumbre, deseando tenerla, olvidando que el suicidio es una manera de ello, sí, de ello (Es).

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1. Freud, S. Duelo y melancolía. Obras Completas, Tomo XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1917.
2. Fleischer, Deborah. El suicidio en la obra de Lacan en Antroposmoderno. El url de este artículo es http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=595


lunes, 26 de enero de 2009

Cuentos de Penélope: Conversaciones con su hijo

-Pos yo lo siento mucho por mi apá, estos higaditos le quedaron resabrozos amá.
-Ay muchacho, ya ni me digas, ya sabes lo que pienso de esto...
-Amá, ¡pero no me diga que no lo estraña!
-¡Uy si te dijiera!
-¡Pos dígame, amá!¡Dígame!
-Serénate, muchacho, serénate... tu no sabes destas cosas... pero 'ora verás, te voa dicir... hace munchos, pero munchos años, lo conocí a tu 'apá, era muy buen mozo, alto, fornido, ansí grandote como deben ser los machos... y pos yo tenía lo miyito, que al cabo de la insistencia, y algo de fuerza, pasó a ser dél... justo cuando quedé en estado de usté, mijo, el muy cabrón se desaparició...
-A mí lo que me da muina es que le ande haciendo canciones:

"Penélope, tristes a fuerza de esperar,sus ojos, parecen brillar..."

¿Qué es eso amá?, ¿Qué es eso? ¡Si usté ni se llama "Penélope"!...

Ricardo Rodríguez

domingo, 25 de enero de 2009

Humanidad

Cuando desperté y me di cuenta que tenía pies; me asusté. Los tenía puestos, unidos al resto de mi cuerpo, listos para andar. Asumí que no debía levantarme aún. Preferí volver a recostarme y esperar a que desaparecieran. No sé cuánto pueda tardar, llevo ya algún tiempo y siguen ahí. No me importa, confío en mi teoría de la evolución.


J.V.R.

jueves, 22 de enero de 2009


Cuentos de Penélope: Los muertos hablan

Los muertos hablan Penélope, los muertos hablan. Desde aquí clarito oigo tu voz, se te notan tantas penas, tanto dolor. Cómo hubiera deseado regresar a tiempo, cómo me hubiera gustado estar allí antes de que dejaras de esperarme. Allá donde estás, ¿Quién te dará noticias de mí?, y es que de plano estás relejos, clarito te oigo como si estuvieras en Comala, con la debida licencia de Juanito Rulfo... Han pasado tantos años, han pasado tantas cosas... ¡Ay amor!, esa tierra donde estás, tan viva, tan llena de colores, ¿Cómo hacerte entender que los muertos no podemos ir allá?

Ricardo Rodríguez

sábado, 17 de enero de 2009


Nómada


“Nunca me ató corazón y familia,
errante siempre por gusto a la vida,
no llevo mapa, no tengo prisa…”
Alejandro Santiago

Aun cuando conocía bien que el nómada nunca debe cargar con elementos que evoquen el camino recorrido, aquél día su vista fue cautiva por ese robledal. Había caminado innumerables bosques, montañas, selvas, pero ese árbol en particular apresó su mirada. No conocía el nombre de esa especie, así que dio por llamarlo “recuerdo”. Se sorprendió cuando descubrió sus pequeñas semillas. Encantado con ellas, antes de marchar, tomó una en su mano y siguió su camino. Al paso del tiempo, de su puño –el cual apresaba la semilla- comenzaron a brotar algunas hojas. Sin importarle, el nómada no soltó su “recuerdo”. Siguió andando. Unos meses después, el nómada cargaba en su mano izquierda a un pequeño árbol.

Una noche, cansado de andar, decidió recostarse. Al despertar se dio cuenta que su mano, en la cual llevaba al pequeño robledal, había echado raíz en la tierra sobre la cual la posaba. El nómada no luchó por arrancarla, por el contrario se quedó observándola. Pasaron los días, lentos, uno a uno, se maravilló al ver cómo avanzaba el crecimiento del árbol en relación a su cuerpo que cada vez era devorado un poco más por él.

Ayer terminó por ser tragado completamente.

El nómada ahora habita dentro del tronco de algún robledal en medio de un bosque, todo por no haber sabido llevar a cabo la enmienda básica: “no cargar nunca ni tan solo con un pequeño recuerdo de tu andar, porque tarde o temprano te hará detenerte y vivir para él”.

J.V.R.

jueves, 15 de enero de 2009


Cuentos de Penélope


"Penélope, con su bolso de piel marron,

y su zapatos de tacon y su vestido de domingo"
Algún mentiroso



Hay algo que debemos precisar antes de seguir hablando de Penélope. Era mexicana. En realidad nunca esperó a nadie, por que era mexicana. Y eso del "bolso de piel marrón", házme el chingado favor... hubiera querido tener cuando menos un bolso, eso, eso no se podía llamar bolso, un amarre hecho con unas tiritas de lino que encontró en la retacería. El día que compró uno, era pirata, de esos de "Dolche Gavana".

Mira, lector, te lo digo en serio, ¿de dónde una pinche criada iba a tener pa' zapatos de tacón?, Ora, ¿Qué es esa chilada de "vestido de domingo"? No, no, y tres veces no. Todos, todos, todos y tres veces todos sabemos que en la Alameda no se usa llevar vestido, se viste pantalón de mezclilla, entre más feo el color, y más resaltadas las costuras, mejor. Yo ya estoy hasta el gorro de que se hable así de Penélope. ¡Por Dios!, como si esperar como tonta hasta volverse loca fuera alguna virtud. Pinche Penélope, no me quiso esperar.


Ricardo Rodríguez


Conversaciones

Ayer hablé con Walt Whitman y me dijo cosas maravillosas, ocultas, sublimes, elevadas. ¡Qué ser iluminado!, ¡Qué portento de mente!,¡Oh, gran espíritu!. Es una pena que yo no hable ni entienda el inglés.


Ricardo Rodríguez

miércoles, 14 de enero de 2009


Silencio

Alguna vez me contaste que siempre se te ha dificultado decir “no”, por eso has adoptado un sinnúmero de formas diferentes para dar una negativa cuando la requieres. La última que emprendiste conmigo fue no contestar más mis llamadas. Por eso, mañana te lib(e)raré de tu problema, te ensañaré a mantenerte firme en un mudo y eterno no, mañana te preguntaré si quieres morir.


J.V.R.

sábado, 10 de enero de 2009

A 55 años de Fahrenheit 451
o
¿A qué temperatura se inflama un pdf?


Fahrenheit 451:
La temperatura a la que
el papel de los libros se
inflama y arde.

Si os dan papel pautado,
Escribid por el otro lado.
Juan Ramón Jiménez

Epígrafes de la novela
Fahrenheit 451 de Ray Bradbury



En una sociedad futura, la felicidad es un derecho que el gobierno debe salvaguardar, cuando se admitió que los libros no ayudaban a la felicidad, se prohibieron. En este tiempo las casas están protegidas contra fuegos involuntarios, así, los bomberos han dado un giro a su oficio, ahora se dedican a esperar alertas telefónicas que adviertan la posibilidad de casas con libros para acudir a ellas, registrarlas y al descubrirlos, incendiarlas.

Un día, Montag -un bombero- se encuentra con Clarisse, una adolescente que apunta hacia el aspecto humano de éste, despertándolo y haciéndolo cuestionarse si es feliz realmente, si está enamorado o si sabe algo de las demás personas. Sacudiendo así definitivamente a Montag, que después de este encuentro decide comenzar a leer libros que él mismo roba en su trabajo, convirtiéndose de este modo en un delincuente.

Este es el argumento de la novela Fahrenheit 451 del escritor norteamericano Ray Bradbury, un libro que nos propone aventurarnos en la denominada ciencia ficción y a partir de esta, mostrarnos nuestro mundo “real” lleno de censura, poca crítica, un gobierno totalitario pero democrático, una sociedad feliz pero en guerra constante, un mundo que aunque bien puede apuntar a un símil de la propia sociedad norteamericana de los años cincuenta en que fue escrito, cada vez se vuelve más vigente, y no solamente para Norteamérica, sino para el resto del mundo que se asemeja a esta cultura.

Un claro ejemplo de la situación en que se vivía en EUA es que la novela fue publicada por vez primera entre 1953 y 1954 en los números dos a cuatro de la revista Playboy ya que ninguna editorial se animó a publicarla por la época política se temía editar –paradójicamente- algo que tratara acerca de la censura (¡Censurar a quien dice que hay censura!).

Si bien, la sociedad futura que profetiza Bradbury era una crítica en su momento a la sociedad norteamericana en que la televisión comenzaba a desplazar a toda forma de entretenimiento e incluso relación con la gente, ya no digamos el hábito de lectura, ahora también, como es costumbre, tiende a mostrarnos a poco más de medio siglo de su gestación en la cabeza del escritor, una realidad que comienza por instaurarse, ya deja de ser ese exceso absurdo para dar paso a una posible realización.

La fuerte crítica que lanza en esta novela Bradbury, abarca desde la censura a la libertad de expresión, la persecución a quien ose cuestionar las normas fácticas hasta el retrato de las personas embutidas en tecnologías que dan felicidad aunque no sepan qué es esta o la marginación al intelecto de manera voluntaria y autónoma por parte de la sociedad, y todas estas se tornan con el paso de los años más reales que entonces.

¿Pero es realmente la tecnología la culpable del embrutecimiento masivo de todos?, ¿los libros por sí mismos son más valiosos que la televisión?, ¿la única solución radicaría en parar los avances tecnológicos para así dar paso a la verdadera felicidad de cada ser humano con la naturaleza? Por supuesto Bradbury no es tan ingenuo, los libros es su novela son los representantes simbólicos del intelecto, la rebeldía, la libertad, el cuestionarse, la crítica. Las preguntas anteriores son respondidas conforme se despliega la magnífica trama que teje el autor, para hacernos entender que no es un simple elogio al papel escrito, sino a las ideas, los pensamientos y la razón. Por eso al final de su novela termina por enseñarnos la transmutación de los libros en humanos, es decir, no importa la representación sino a lo que representa.

Tomando esto último como referencia, cabe dejar de lado los lugares comunes en que se cae al criticar a las tecnologías actuales, por ejemplo al internet que parece ser el nuevo demonio a vencer dejando atrás cada vez más a su rival la televisión. Pero estas tecnologías no son malas per se sino únicamente en relación con nosotros.

Dice un viejo refrán “el mejor compañero ante la adversidad es un libro” pero ¿sería osado o erróneo pensar en que en un futuro sea un pdf? En vez de saltar inmediatamente a la defensa del papel, es también oportuno plantearse la posibilidad de que haya algún momento en que no sea necesario tener más libros físicos, es decir, en vez de criticar este tipo de tecnologías y aferrarse cual niño de seis años a su chupón, también es pertinente pensar que quizá en un futuro (por no decir que ya es así) el internet desplace casi por completo a nuestra comunicación, la información se contendrá en su totalidad en computadoras, es algo que no puede ya pararse, la pregunta es qué hacemos para no terminar embutidos en tecnologías embrutecedoras que nos dan videojuegos, películas que buscan la alienación, la enajenación total o el aplastamiento de la crítica social. La labor que queda es hacer uso de ellas, echar mano de los adelantos, utilizar el internet para la difusión de la expresión, los archivos pdf para la adquisición fácil y tal vez gratuita de un “libro”.

No es posible frenarse ante los adelantos, menos aun pedir un retroceso, la única alternativa es caminar junto a ellos poniéndolos al servicio de la educación, la liberación de la mente, la crítica.

Si no hay espacios en la televisión para aparecer y decir nuestro pensar, en la radio para hablarlo o en los periódicos y revistas o grandes editoriales para escribirlo, hoy se puede hacer en el espacio virtual y decir desde ahí, hacer desde ahí. Si a 451º Fahrenheit arde el papel del libro, ¿a qué temperatura lo hace un pdf? Quizá sea necesario otro tipo de bomberos para incendiar una biblioteca de estas.

Hace más de 55 años vio la luz esta novela, y hoy nos arroja nuevas preguntas, por eso es imprescindible remitirse de vez en vez a escritores como Bradbury que saben leer en la cultura lo que ésta escribirá.


José Vieyra Rodríguez

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Descargar Fahrenheit 451 en formato pdf.

miércoles, 7 de enero de 2009

Falacia lógica machista


Si ...
"sabemos que un gramo se siente como un kilo",
entonces diez centímetros se sienten como un metro.


martes, 6 de enero de 2009


Lo más absurdo de lo absurdo,
—dice el Maestro—,
lo más absurdo de lo absurdo,
¡todo es un absurdo!
Libro de Eclesiastés, La Biblia
(Dios, derechos reservados, Editorial Eternidad)


El nacerá, crecerá y se llamará, digamos... Krod. Será alguien a quien la vida no le causará ningún miedo, ninguna excitación, ni mucho menos, alegría alguna. Y digo se llamará, por que sus padres lo nombrarán Juan, pero sin importarle que sus viejos hayan elegido su nombre, lo cambiará a... esa cosa aberrante. Un día encontrará una razón de vivir, le amará y le entregará la vida y querrá, sin la menor duda, volver a su prístino nombre. No podrá. Habrá hecho su vida esperando satisfacer las expectativas de los demás, por lo tanto, no habrá vivido.


Ricardo Rodríguez

domingo, 4 de enero de 2009

Carnicería


"La condena moral del canibalismo implica
o bien una creencia en la resurrección corporal,
que quedaría comprometida por la destrucción material del cadáver,
o bien la afirmación de un vínculo entre el alma y el cuerpo
y el correspondiente dualismo"
Lévi-Strauss


Hay incluso quien dice que desde el comienzo de las primeras sociedades en forma de tribus, existió el negocio que se asemejaba a lo que hoy llamamos carnicerías. Tendría que admitir que suena lógico cuando se sabe que la alimentación es una necesidad humana, así, en los tiempos que me ha tocado vivir, la exhibición de diversos y suculentos cortes de carne para el consumo humano son cada vez más frecuentes.

He leído en algún lugar que el nacimiento de este negocio propiamente como lo conocemos ahora no se aleja hasta los mitos cavernícolas de los que he hecho referencia hace un momento, lo adjudican incluso apenas al siglo pasado. Tampoco suena disparatado, es imposible concebir tal como ahora lo hacemos a este negocio hace más de cien años, la tecnología definitivamente ha venido a dar la culminación de aquello que se gestó desde mucho tiempo atrás.

Sin embargo, es definitivamente inaudito en lo que se ha convertido, quizá sería tan sólo cuestión de remontarse unas décadas para que fuera imposible pensar en la ternura, frescura, belleza, en lo apetecible y suculento que hoy encontramos frente a nosotros, consumidores.

Según me han dicho expertos en el tema, los interesados en el perfeccionamiento de las carnes en la actualidad se sirven de los artilugios científicos para lograr su conservación por el mayor tiempo posible, e incluso han logrado por medio de diversas técnicas devolver a un estado perfecto aquella pieza de carne que parecía estar condenada a salir de la venta.

De hecho, la tecnología también ha incursionado en la estética del establecimiento, la temperatura adecuada, las luces pertinentes, la colocación y demás detalles son cuidados rigurosamente en aquellas carnicerías a las que soy asiduo.

A como va todo esto, creo que pronto será posible que se utilice la manipulación genética y con libre consentimiento de todos (¡incluso de la madre!), para tener la certeza de obtener una mejor mercancía llegado el momento.

Como es natural, ante toda actividad siempre habrá quien se oponga, por lo que ya no es nada raro encontrar vegetarianos, que incluso proclaman su costumbre como si fueran poseedores de una moral mejor que la de uno, cuando, siendo sinceros, sabemos que el consumo de carne es de lo más normal, de hecho vamos por la calle e inconscientemente pensamos que todo el que está a nuestro lado es un carnívoro.

El nombre de la carne, claro está, varia según la localidad, lo que para los argentinos es “marucha” o “paleta” para los americanos es “chuck”, o lo que éstos últimos llaman “round” los primeros lo simplificaron bastante al nombrarle “nalgas”.

Los gustos, aún más que los nombres, fluctúan. Esto ya no se circunscribe a la localidad o al idioma, pueden ser tan variados como de persona a persona. Así, hay quienes no pueden más que pensar en el cuadril, otros lo acompañan con pescuezo, quienes abiertamente se consideran simples, prefieren las pechugas, hay otros que la pierna es algo que no pueden omitir en su dieta. A título personal creo no tener una preferencia muy marcada, soy lo que han dado por denominar, ecléctico.

Ahora bien, la preparación de cada corte de carne para su consumo tiene infinidad de variantes, es una vez más, una cuestión de regionalismos y gustos.

La semana pasada, la última vez que visité una carnicería, me sorprendí al ver cuánto dinero se manejaba en aquél lugar. Los clientes entraban, iban y venían sin otra cosa en la cabeza que carne, carne y más carne. Había quienes, claramente podrían haber gastado una fortuna en llevarse lo que para ellos era lo mejor que ofertaban. En aquél lugar había de todo, desde tremendas reses que paradas medían más de dos metros, hasta pequeños cortes que invitaban a una tentación un poco más secreta. Había todo tipo de carne; natural, otra claramente manipulada por la ciencia, alguna con gran cantidad de grasa pegada y otra que parecían vender más sabor que cantidad.

Definitivamente, aunque reconozco mi preferencia y vicio por la carne, he decidido no volver ahí pronto. Por momentos me asqueó ver aquella gente con dinero en los bolsillos y una mirada perversa al entrar a ese lugar, al disfrutar ver aquellos trozos de carne bailar mientras se quitaban poco a poco lo que quedaba de piel cubriéndolos, había quienes con dinero ya en mano se alzaban para pedirle al tablajero que bajara al pedazo de carne y lo sentara junto a ellos, entonces por un poco más de monedas le daban una copa, lo acariciaban y besaban, lo estrujaban contra sus cuerpos y lo olían fantaseando en que lo comían, quizá muchos de ellos lo harían en un poco más de tiempo, les gusta la preparación.

Yo, aquél día, sólo entré a mirar el burdo espectáculo que se ofrece diariamentre en la carnicería, que según me han contado algunos amigos extranjeros, en algún otro país le dan por llamar table dance, no estoy seguro de que ello sea cuestión solamente de nombre o realmente haya alguna diferencia, en este aspecto, confío en mis allegados.

J.V.R.