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miércoles, 21 de agosto de 2013

Trascendencia


Perdí mis uñas, no me importó, sería mejor ya no poder rascarse hasta sangrar. Cuando comenzaron a caer cada uno de mis dedos, me dije que ya no habría forma de señalar al otro y continué. El pie derecho un día sin más, se quedó detrás de mí, al siguiente paso, el otro, ¡qué más da, ya no pisaré a nadie más! Cuando la piel se desgarró y la carne viva palpitaba fuera, pensé que experimentaba un dolor que pocos podrían jactarse de haber vivido, sonreí. Vi la descomposición de mi cuerpo en estado avanzado, a la vez que me observaba revivir en cada insecto, organismo y gusano que se alimentaba de mí. Quizá la trascendencia es falsa, un engaño racional, pero si fuese así, no se podría explicar porque esto lo piensa una flor que creció en el suelo en el cual hace tiempo un cuerpo se descompuso. 





lunes, 20 de junio de 2011


La última caballerosidad


Cuando llegó la hora del juicio final, los hombres gritamos: ¡niños y mujeres primero!


J.V.R.

miércoles, 21 de julio de 2010

Mujer ideal


Era hermosa, elegante, sofisticada... era una puta.



.

Argumentos de autoridad


Y el insensato se dio cuenta que para vituperar más fuerte era necesario abrir más la boca y cerrar los oídos.



sábado, 20 de marzo de 2010

Autobiografía fallida

El escritor de novelas policiacas leyó la noche anterior aquella aseveración en una revista de circulación local: "nadie puede escribir por anticipado su autobiografía". Le pareció ingenuo el autor de dicha máxima. "¡Qué desdichado el escritor que no es capaz de descubrir aún la suya!"-pensó- así que se aventuró a buscarlo y lo asesinó.

J.V.R.

miércoles, 29 de julio de 2009

La acrópolis del inframundo

Las eras cosmogónicas están sujetas a leyes supranaturales, mas no casuales, pues al igual que el filósofo griego intuyó que una serie infinita de causas no puede existir; un tiempo eterno y fortuito en el que se llevan a cabo dichas causas es igualmente inconcebible.

Así, bajo la luz del cuarto sol y el amparo del cielo nocturno, apareció en el año ochocientos de la era cristiana, el reinado del señor del inframundo, quien veneraba respectivamente a dos deidades superiores a él mismo; la muerte y el invierno.

El señor del inframundo sacrificó durante su reinado a un súbdito cada amanecer. El sacrificio consistía en la decapitación de dicho ser, del cual, inmediatamente después de desprenderse su cabeza al resto del cuerpo, brotaban plumas de su cuello, en señal de esperanza y reconciliación entre el inframundo y las deidades.

De la acrópolis, se piensa que se construyó con el cuerpo descarnado de Ixbalanque, gemelo precioso que cayó en la oscuridad y se deslizó hasta el inframundo, en donde se recibió entre las danzas de la calavera y los cánticos guturales, al tiempo que el espejo humeante se desprendía de su cuerpo, del cual emanaban rizos de humo de sus extremidades.

Tras la caída, en el cielo quedó intacto el otro gemelo, aquél de horrible aspecto y fútil corazón, que hubo empujado a Ixbalanque al inframundo para gobernar sólo en el reino de la luz, ostentando pavorosamente su decorado de pescado del cual nunca se desprendió, hasta el día que encontró la muerte en manos, si aun puede llamárseles así a las abominables extremidades que pendían de los brazos de la deidad celeste, de nombre inconmensurable o tal vez infinito.

El reinado del inframundo, no obstante, pereció en poco tiempo, la pelea se vaticinó años antes, pero nunca con el desenlace obtenido. La muerte del señor con aspecto de enorme roedor, convocó confusión entre los habitantes de la acrópolis, que a la llegada del ejército occidente, no desistió hasta la caída total, cerca del año ochocientos setenta y cinco de nuestra era.

Se cree que dicha historia está más cerca de una mitología que de la verdad consabida en la época en que transcurrimos, empero, el nuevo señor del inframundo, espera ansioso su ascensión, que aunque a los ojos mortales parece lejano o acaso imposible, las deidades prometieron su reintegración en el undécimo sol, socavando y evidenciando lo baladí que puede parecer un mundo de raciocinio.

J.V.R.

viernes, 24 de julio de 2009


Mi puto pregunta.

¿Te acuerdas cuándo Alex Lora tocó para nosotros el blues de la llanta? ¿Te acuerdas cómo bailamos, yo sin camisa y tu brincando como loco? ¿Te acuerdas cuando, también al son del Tri, brincábamos en la explanada de los héroes? ¿Te acuerdas que después de ver al Tri, Luz la tetona llamaba al Valdo para saber dónde andaba aunque aún no eran novios? ¿Y que llegamos a la fiesta de Daniel, y hasta donde alcanzo a recordar agarramos una peda regular? ¿Te acuerdas la emoción que sentimos cuando pusieron el bar CHELSEA a unas cuadras de nuestra casa? ¿O cuando caminábamos con el Danielo y el Valdo hasta los tacos del hospital? ¿Te acuerdas del choque del taxi al finalizar el concierto del G3?

Dejo aflorar hoy al puto que tengo adentro, por más que esto se preste al albur, suelto una o dos lágrimas, por más que se siga prestando al albur, y te digo que yo también me acuerdo.

Ricardo (El puto) Rodríguez

Una vez, después de años volví a verla, me dijo que me amaba, le dije que yo también la amaba, pero ahora en su nuevo cuerpo, y me casé.

Ricardo Rodríguez

lunes, 29 de junio de 2009

Cambio involuntario

C
orriste.


Pensaste que la longitud espacial te liberaría.

Fracasaste.

Y cuando te descubriste desde la lejanía en el mismo lugar, entendiste que eras tú quién veía alejarse al remedo de cuerpo que vociferaba yo en cada enunciación personal.

¿Acaso la culpa es física, porque no has podido seguirte el paso?



J.V.R.

jueves, 25 de junio de 2009

Pónganme un teclado.
Ricardo Rodríguez

Saber qué decir. Siempre ha sido una de mis habilidades innatas, vamos, que todos tenemos una. No quedarme callado, contestar siempre al final: un insulto ácido al protagonista de un concierto, una mentada de madre al árbitro en el medio tiempo (o antes del partido, según la necesidad), un “me gustas”, una estrofa de una canción cambiada al vuelo para que dijera lo que yo quería. Aunque a veces las palabras no alcanzaban para describir una emoción, hacía lo mejor que podía. Eso fue toda mi vida, eso fue completa mi vida, hasta ayer…

Era posiblemente la media mañana, sentado frente a mi computadora, trabajando, leyendo, pensando y trabajando un tanto de nuevo. Lo que leía tenía que ver directamente con mi trabajo, mi meta de la mañana era un pedacito de código que me andaba faltando (no voy a entrar en detalles sin importancia). De pronto, como si un peso hubiera caído en mi cabeza, las palabras se volvieron duras, durísimas, cómo si estuviera viendo textos en idiomas ancestrales. Jamás, jamás, en toda la vida de mi madre, me había costado tanto leer una palabra, jamás, desde que aprendí las vocales, una sola palabra me había dado tantas vueltas en la cabeza: La imaginaba, le buscaba sentido, reacomodaba sus letras, la reordenaba con otras palabras en mi cabeza, cuando ocurrió la verdadera tragedia. No tenía ninguna palabra en mi cabeza. Habían volado, a un dominio que escapaba de mi realidad, a un sitio a donde las podía ver, pero no las podía usar. Como tener un billete de quinientos morlacos y no poder gastarlos en lo que más te hiciera falta en ese momento. A mi la palabra que me hubiera gustado gastar en ese momento era “Auxilio”.

La noche mental me había llegado de un momento a otro y sin previo aviso se había llevado todas mis palabras, la muy puta solamente me dejó sílabas que se le cayeron mientras huía con todas mis palabras, un frío de perros me abrazó, y yo pienso que me abracé también a él, como si fuera lo único que me quedaba. Durante unos minutos así fue, estaba rodeado de gente que me hablaba, a quien yo entendía, pero a quienes no encontraba una manera, aunque fuera cavernícola de decirles algo, de pronto pensé en la música:



Yo -¿Y si ya nunca puedo tocar o cantar nada?

Alguien -¿Estás bien?

Yo -Puta madre, ni una pinche operita, ni un disquito, y para peor no he acabado el trabajo…

Alguien -Te vamos a tomar la presión

Otro -Llamen a una ambulancia

Alguien -¿Desayunaste?

Yo -Ip, a u qur ina (dándome cuenta que no estaba diciendo nada)

Alguien -¿Desayunaste?

Yo -Sí (esfuerzo sobrehumano, pensando en cómo Facundo Cabral grabó tanto pinche disco)



Momentos antes del desafortunado episodio anterior, me había puesto de pié y caminado aproximadamente 15 pasos hasta donde estaba mi jefe, seguro de mi mismo dije:

Poncho: (haciendo un gesto de dificultad, mucha gesticulación con las manos) eeel, lo que… me pedi… los fra..

Y fue el acabose, me di cuenta que se me andaban cociendo los changos de la azotea, que me se cayó un tornillo, que me faltaba cocimiento… Poncho reaccionó inmediatamente y se dio cuenta que yo andaba cambiándome de barrio. Yo pensaba en muchas cosas triviales, “Tal vez si me pongan un teclado en frente me pueda comunicar…,¿Y si quedo mongol?, Alejandra ya no se querría casar conmigo… ¡PENDEJO! Ya te casaste, ¿ora cómo va a hacer la pobrecilla para sobrevivir contigo en estado vegetal?, bonito bulto se vino a conseguir… ¡Ya sé! ¿Y si me ponen un teclado en frente para comunicarme?"

En la siguiente escena yo me estaba muriendo de frío y me llevaban directo al hospital, le dije a Poncho, “Espero que ese hotel no sea muy caro”, me metieron en una cama de urgencias y vinieron dos orates vestidos de blanco a ponerse a jugar con que si les podía seguir los dedos con los ojos y que si cuantos dedos tenían. Yo seguía pensando mil cosas y de repente lloré, lloré amargamente, lloré como lloran los bebés, y entendí por que lloran los bebés: Están tristes por que no les ponen un teclado para comunicarse. Lloré acordándome de Ale, de José, y claro, de toda mi familia, pensando en que ya nunca más volverían a entender lo que yo quisiera decirles, aunque fuera una mentada.

Doctor - Si te digo lo que te pasó no me vas a creer, fue un episodio de fiebre alta, ¿Te duele alguna muela? ¡Ahh con razón! Lo más seguro es que tengas una infección marca diablo y por eso te estabas cocinando…

Yo - No mame.



Siempre estuve románticamente interesado en los momentos que te roban el habla. Siempre, en todas las historias, esos son los momentos cumbre, los momentos que todos los protagonistas esperan, y sobre todo, los espectadores anhelan para poder reproducir en sus vidas. Pero yo, yo que estuve ahí, yo que sé lo que es quedarse sin habla, no sé que decir al respecto.

Nota: Esta historia, adornos más, adornos menos, sucedió en realidad. Habrá que esperar los resultados del laboratorio para alimentar el morbo colectivo y poder contarles en qué queda el cuentito.

jueves, 18 de junio de 2009


Bernardo Galindo


Esta historia me la contó un viejo hace años. He conocido muchos viejos que me han contado historias, pero éste, en particular, tenía ese aire que tienen solamente los viejos que cuentan historias verdaderas, por ello, la supongo y la sé como tal.

"Fue hace tantos años", me dijo con tácita y cansada voz, "Era un chamaco pequeño, más bien chiquito, enano, de esos gorditos que siempre ocupaban el primero o segundo lugar de la fila en la escuela. ¡Qué esperanzas! A mi me tocó escuela larga, tabamos todo el día áhi metidos, por eso yo nomás fui hasta el tercer año, había que llevar frijoles a la casa...", al decirlo, parecía viajar largos y tal vez preciosos años hasta encontrarse con el momento en el que su madre, que hacía muchos y tristes años había pasado de esta vida, martajaba los testales entre sus dos arrugadas y morenas, morenísimas manos; mientras humeaba un tanto el anafre que se ocupaba de calentar y herbir esos frijoles, el olor debería ser inconfundible, por que en el momento de la remembranza el buen viejo cerró sus ojos, echó su cabeza hacia atrás y aspiró profundamente, como si en él le fuera, o más bien, le viniera la vida entera.

"Lo vieras visto, ¡lo vieras conocido!, siempre conocer es mejor que ver, mi abuela, que en paz descanse, siempre me hablaba de La Bella Unión, y nunca la conocí, quedaba lejos, lejos de al tiro -Tenía una maquiladora donde trabajaban las hembras del pueblo, casi al centro, al ladito del palacio del munecipal, que queda en frente de la alameda, áhi mero onde queda el menumento a Zarazúa- pero nunca la conocí, por eso te digo mijo, conocer siempre es mejor que ver..."

El viejo hizo otra pausa, idéntica a las pausas que se hacen cuando silva la tetera, pero este viejo no pausaba por la tetera, sino pausaba por el recuerdo que le asaltó al recordar la Bella Unión, de donde se supone que vino un día Antonia, su abuela, a intentar una vida mejor. "Pero no creas, aquí solo encontró desgracia", me dijo, completamente desencajado. Tosió con sonido de perro viejo y continuó diciendo "Te digo que lo vieras conocido por que era un chamaco muy alegre, muy regalón. Se llamaba de pila Bernardo, y por apelativo llevaba el Galindo, común de su pueblo. El canijo no tenía pa un taco, pero nunca fue pobre. Para vivir, o medio vivir, Galindo, -por que ansí le decíamos- trabajaba en la zapatería del pueblo, mira, mijo, en aquellos años, nomás había una zapatería por pueblo, no como ora, que pa donde vaigas vas a ver munchas, y muy bonitas todas, grandotas y con vidrieras rete brillosas.

A Galindo no le importaba que no hubiera frijoles, el siempre sacaba fuerzas pa corretear, jugando a la pelota, nunca te decía que no cuando lo envitabas a ir a piscar mangos de la labor de Don Hernán, o a ir a poner flores a nuestros muertitos del pantión. Siempre, siempre mijo, respete a sus muertitos, ellos nos cuidan desde allá, nos vienen a ver cada 2 de muertos, y nos hablan siempre que pueden, pa ayudarnos, no como ora, que los muertos nomás se aparecen pa asustar a los chamacos. No, mijo, antes, los muertos no eran ansí, por que los vivos no eran como son los diora. Yuro por eso no me pudo la muerte de Galindito, bueno, no me pudo haberlo matado, por que ansí fue. La verdá yo siempre pensé que había sido accidente, pero a estos años a los huesos les da por ser honestos, siempre le tuve invidia, por que siempre era feliz, aunque pobre, pobre como la tierra de la Bella Unión, nunca lo vi quejarse, él vivía con su amá, no me vas a crer, mijo, vivían en un jacalito, que de tan jacal, no tenía paderes, nomás tenía unas láminas que hacían de techo, pero hasta áhi, bueno esa es harina diotro costal, no es bueno hablar de las carencias de los muertos, nuestros muertitos, ya cuando están allá, son todos buenos, todos.

Pero te digo que yo le tenía una invidia, y esas son las cosas que hay que tener en el corazón pa que valga una buena arrepentida en la iglesia del Padre Manuel, ahí no vale de nada ir a hacerse el bueno, ahí uno tiene que ir porque uno es malo, si no pa qué quiere uno a Diosito.

Yo le tenía invidia, y voy que el sabía, pero de tan bueno quera no le importó. Pero acuerdate mijo, siempre, que la confianza mata al hombre y embaraza a la mujer. Ése día, perdóname que lo miente mijo, ese diablo de día, el mismito se me metió. Lotro día el padre Manolo, que ansí le decíanos de cariño, nos platicó el cuento de Caín y Abel, y ansinita me sentí. Nos fuimos a la carretera, a recoger latas de iluminio, de esas onde venía la comida, no como ora, que todo viene en latas de cartón, el cartón es malo mijo, y agradece que te lo diga: Si quieres vivir munchos años, no comas nada que siaga de cartón, el cartón sale de los árboles, y los árboles salen de nuestros muertitos, y a nuestros muertitos no hay que comérselos. Pa no hacerte el cuento largo, lo aventé al paso de un regimiento de federales que iba detrás de unos pelones que se habían emboscado en el cerro de la Pitaya. Como iban en su asunto, ni voltiaron a ver como dejaron a Galindito. Te lo digo mijo, nomás pa que sepas lo que es bueno y lo que es malo. Yo no podía vivir sin Galindito, y sigo sin poder vivir sin él. Cuando lo maté sentí cómo se me rompía todo aquí adentro, como se me iba el cuerpo, por que yo era la misma ánima de Galindo, yo soy la misma ánima que se le salió del cuerpo ese domingo... El pueblo me lloró muncho, reteharto, por que te digo que era un chama..."

De repente el viejo desapareció, el ruido de una mujer que pasaba lo había asustado. Me dijo después una señora que era lo que nosotros llamaríamos "la bruja del pueblo" que a mi se me había mostrado por dos motivos: Uno era por ser aquél día 2 de muertos y el otro por ser yo Antonio Galindo, por querer que le dijera a mi abuela Bernarda Loza viuda de Galindo, que lo perdonara por haberla dejado sola. No tuve tiempo de decirle que la Abuela Bernarda del dolor que le causó la muerte de Bernardito, se dio a la ardua tarea de procrear 8 hijos más, no tuve tiempo de decirle que si el no se hubiera matado, Bernarda hubiera muerto sola.


Ricardo Rodríguez

viernes, 22 de mayo de 2009

El nuevo Onán


"Y sabiendo Onán que la descendencia no había de ser suya,
sucedía que cuando se llegaba a la mujer de su hermano,
vertía en tierra,
por no dar descendencia a su hermano.
Y desagradó en ojos de Jehová lo que hacía,
y a él también le quitó la vida"
Génesis 38; 9-10



Cuando me enteré que dejaste a María porque encontraste tu verdadera vocación, ser sacerdote, no pude más que maldecirte. ¡Cuántas veces he soñado con romper mi celibato con aquella mujer, y ahora tú te marchas de su lado dejándola destrozada!

Las cosas cambian para ella y para ti, pero para mí no.

Onán al menos tenía una mujer, aun cuando fuera heredada.

J.V.R.

martes, 19 de mayo de 2009

"El Coloquio del Niño que quería cinco peso"


En una óptica del heroico puerto de Veracrú,
un niño mendigo entra, y con la dependienta
del establecimiento entabla este coloquio:

Niño.- Oiga, ¿Me da cinco peso?
Dependienta.- !A su¡ ¿Y pa que pides cinco peso? Mejor pide uno...
Niño.-Bueno, ¿Me da un peso?
Dependienta.- ¡NO!

Ricardo Rodríguez

miércoles, 6 de mayo de 2009


Mariposas Amarillas,

¡Mauricio Babilonia!
Celso Piña
(no fue el primero en decirlo, pero de que lo dijo, sin duda lo dijo)


Me recuerdo bailando aquella sabrosa cumbia, alguna víspera de verano, no sé de cierto (ni de incierto) si corría el año de 1993 o el 2000, que para lo que nos atañe del cuento, lo mismo dá. Y lo mismo dá por que si no fuese acertado el dato, bien podríamos estar bailando "Mentiras, mentiras, mentiras, mentiras..." de los Vallenatos de la Cumbia, que según mi memoria un tanto viciada y oxidada, en aquellos años vió a luz en las emisoras locales de mi viejo Monterrey, que se empeña en parecer nuevo, en parecer de primer mundo, no entiendo para qué...

Las sodas se tomaban en bolsita, con popote los más finos, los más atrevidos mordían la bolsa, le hacían unos bujeros con los dientazos que no veas, quedaba aquella bolsa como queda cualquier bolsita de plástico después de ser mordida, pero solo en una de sus esquinas, pa no perder el glamour. Las competencias de comer tostadas con salsa súper picante eran cosas de todos los días, bueno, todos los días de lunes a viernes, que era, es y seguirá siendo, el tipo de semana laboral que prefieren nuestras escuelas secundarias.

Había de todo. Y cuando digo de todo, me refiero a que faltaban tantas cosas: El futbol lo jugabamos en una inmensa placa de concreto cuadrada, con una lata rellena de piedras que hacía las veces de balón (Vayan ustedes a saber en qué torcida cabeza cabe que una lata rellena de piedras pareciera balón). Hacia la cara sur del estadio, es decir, de nuestra amada placa de piedra, se encontraba el portón rojo, aquel que sólo estaba reservado para los más grandes, y no me refiero a los más grandes de edad, sino a los más grandes que había en la secu, tipos temibles, de pelo desteñido con agua oxigenada, tenis converse, pantalón rojo, entubado y arremangado. Ellos eran los elegidos para brincarla, eran los elegidos para salvar la tarde metido en el cuarto de máquinitas de Mortal Kombat que estaba metido en la casa de Pancho. Faltaban, también, pupitres, gis, libros, libretas, maestros, pero nos sobraba un gran espíritu de no sé qué, por que todos estabamos siempre unidos, excepto cuando nos peleabamos, que era la mayor parte del tiempo. Ahí tuve mi primer pelea en condiciones (deplorables), tuve mi primer beso (lo cambié por un 21, es más Jennifer María fue quien me sugirió tan suculento trato) toque mi primera nalga, que por fortuna no era la mía... era la de Cindy, y Cindy era la de todos, la que nunca se negaba a nadie ni a nada, sin importar que ella fuese un monumento (que SÍ lo era) y que el requisitor de sus encantos un chango.

Tuve todo lo que se puede tener en un lugar donde faltaba todo, y que a la vista de los años, largos años, se perdió en un horizonte nublado de recuerdos nada gratos... hoy no conservo ni una sola amistad de aquellos años, al Plátano se lo comió la mediocridad, al Mostro se lo comió la maldita pobreza (nunca vi a nadie luchar por las cosas como luchaba el Mostro), a Karina, se la comió un tipo afortunado que se casó con ella, a Lety, un tipo afortunado que no se casó con ella, a Janeth, se la comió una corriente sectaria, igual que al Emilio, que la última vez que lo ví me quiso bautizar en el acto (el acto era la boda de Janeth... vayan ustedes a saber el papelón que iba a hacer bautizandome en la boda de la única mujer con la que he peleado a golpes en mi vida). Dicen que Eloy terminó de judicial y que Efraín de trasvestista. De Segundo supe que había terminado una ingeniería, creo que de toda la bola fuimos los únicos en lograr semejante proeza...

La secundaria fue un puto lugar en el que nunca encajé pero que me dejó tres cosas claras, concisas y evidentes:

  1. Mi gusto por los Tigres del Norte (realmente se afianzo en esos años)
  2. Mi gusto por la música vallenata
  3. Mi gusto, mi adoración, mi dedicación vital y vocación por las mujeres
Ojalá y que todos los putos lugares en los que no encajamos nos pudieran enseñar tan valiosas lecciones...

Ricardo Rodríguez

lunes, 4 de mayo de 2009


Un simple pollo amarillo...


En lo personal, siempre me han gustado los pollos, me parece que son animalitos de muchos huevos, en todos los sentidos... tienen un caminar bastante curioso y cuando están chiquitos las plumas parecen pelos, entonces parecen unas pequeñas bolas de pelos y todos sabemos lo que se debe pensar de una buena bola de pelos amarilla y con piquito (en general, casi cualquier bola de pelos es de considerarse).


Bola de pelos ilustrativa

Cuando yo era niño tuve un pollito, más bien, había un pollito que una vez tuvo la fortuna de que yo lo tuviera, era amarillo, pero como los pollos amarillos no vendían en aquella época, los genios comerciantes que convencieron a mi papá de que me lo comprara lo habían pintado ni más ni menos que de azul, así que ahora me encuentro perdido tratando de elaborar un discurso medianamente coherente al respecto de los pollos.

La cosa fue que de azul y pequeño, el pollo se convirtió en amarillo y grande, no sé a ciencia cierta si el pollo se convirtió o se despinto, aún no soy tan escéptico como para discurrir por las turbias aguas del método científico pollístico...

Un día, al llegar a casa en aquel vochito blanco que tenían mis papases, me dí cuenta que algún ser malvado y sin escrúpulos se había robado mi pollo, y el problema fue que el sucio ladrón nunca, nunca, nunca se dió cuenta de la confusión que me causaba que se hubiera robado mi pollo, por que ya nunca supe ni sabré si lo que me robaron fue un simple pollo amarillo o mi fabulantástico y excelentífico pollo azul...

Ricardo Rodríguez

jueves, 30 de abril de 2009


Monterrey, Mx. El equipo de Investigación, Ciencia y Tecnología Hacer Diciendo, preocupado por el acrecentamiento de pánico e incertidumbre desatado por la nueva amenaza de la naturaleza contra los seres superiores (los hombres, por supuesto, no vaya usted a creer que los cerditos), se vio en la necesidad de ponerse a trabajar (es obligación más que necesidad) arduamente y encontrar una solución viable (rentable, claro está) para el problema del virus de la "influencia".

Nos sentimos enormemente congratulados al anunciarles nuestras conclusiones a las que hemos llegado, entre ellas, anunciamos la cura definitiva contra este virus, además de la vacuna.

Así pues, hemos concluido que el virus de la “influencia” es curable y aún posible de ser prevenido, siguiendo las siguientes recomendaciones: en primer lugar NO se requiere “tapabocas” (con el peso simbólico que esto contenía, pues no sólo no dejaba entrar sino tampoco salir nada de la boca), en cambio es posible prevenirse (¡es la vacuna!) e incluso curarse con tan sólo dejar de seguir día y noche los noticiarios. En caso de haber contraído en cierta medida algo grave este virus y no poder apagar la televisión (síntoma de enfermedad avanzada), se recomienda dejar el “tapabocas” y hacer uso de un antifaz para dormir en frente del aparato y de ser posible presionar la tecla “mute”, esto le hemos denominado "ponerle el tapabocas al televisor", es decir, invertir los papeles.

Aun cuando estos son resultados preliminares, las estadísticas (que nunca mienten) nos dicen (ellas no llevan tapabocas) que estos son resultados confiables, cualquier eventualidad les mantendremos informados.



Atte
Departamento de Investigación, Ciencia y Tecnología Hacer Diciendo

Ing. Ricardo Rodríguez Valdez
Lic. José Vieyra Rodríguez

miércoles, 29 de abril de 2009


Ayer la ví, maldita influenza, me hiciste verla tras esa horrorosa máscara facial. ¿Qué te piensas, gripe marrana, para robarme su belleza?


Ricardo Rodríguez


Cuentos en 140 caracteres.


Estimados 2 ó 3 lectores (en esta cuenta estoy incluyéndote, José). Recientemente he aprendido a usar una graciosísima cosa llamada Twitter, un servicio de microblogging cuyo límite de 140 caracteres me parece fascinante y desafiante para poder contar cuentos, microcuentos, cuentitos... la cosa es que estoy comenzando a tratar de escribir cuentos para publicarlos en mi cuenta de Twitter (y a la vez aquí mismo), los cuales les invito atentamente a leer. Aún no sé si sea posible, o aún conveniente, publicar en Blogger y Twitter a la vez, sin embargo voy a procurar publicar en ambos sitios simultáneamente.

De lado quisiera dejar toda la controversia que levantan sitios como Twitter, y simple y sencillamente aprovechar el espacio y prestaciones que nos ofrece para hacer algo que me gusta y que es probable que a ustedes les guste.

Sin más, comenzamos...

¡Gracias por su atención!

Ricardo Rodríguez

"Ha sido mi experiencia que gente que no tiene vicios
tiene muy pocas virtudes"


Abraham Lincoln

Tengo un solo vicio: Fumar cigarrillos mientras bebo cerveza hasta caer alcoholizado, al tiempo que pago a distintas mujeres, cuando me junto con mis amigos a apostar y jugar baraja. Por supuesto no puede faltar la verde...


Ricardo Rodríguez


miércoles, 22 de abril de 2009


La cosa fue así...

Ayer me perdí en la ciudad donde vivo. La ciudad la atraviesa
un río, ancho, grande, con mucha agua. Yo sabía de antemano
que en este río vive una estatua, y por azares de las calles fui
a dar a donde esta estatua vive. Me bajé del auto, caminé al
lado del río hasta llegar al monumento.

A manera de homenaje encendí un cigarrillo,
puse una canción en mi mp4 tipo aypo
con tecnología Sony japonesa y me senté a ver la mole de bronce.

Mientras sonaban las melodías que la estatua tocaba
mientras solía vivir como nosotros, los humanos, cerré mis ojos
para imaginarle tocando esas seis cuerdas que me atraviesan
siempre como seis espadas. En mi éxtasis, veía a un vago caminar,
un muchacho joven, sucio y rubio que cargaba unos tambores y
dos morrales llenos de ropa igual de sucia, pero no tan joven.
El vago se detenía en cada árbol que veía, se acercaba, lo apreciaba
y si había oportunidad tomaba una ramita y la guardaba en uno
de sus morrales. Al llegar a la estatua, caminó unos pasos adelante
arrancó una flor, regresó a la estatua y con mucha dedicación y cuidado
la puso en la mano izquierda del ahora occiso. Se dió media vuelta
y se marchó.

Unos ofrecemos cigarrillos, otros ofrecen flores, pero siempre
lo mejor que podemos. Caín no era tan malo ni Abel era tan bueno...
Pero Stevie, Stevie... tú eres el mejor.


R.R.V